A tal punto llegó su difusión por el mundo entero, que, por muchos años la palabra "el dorado" ha tenido significación de un dechado de riquezas.
Los conquistadores españoles dieron originalmente el nombre de "El Dorado" al personaje central de un ritual de los indios de las tierras altas de Colombia, que cubierto "con oro en polvo y molido" se zambullía en las aguas de una laguna después de arrojar objetos de oro y esmeraldas, como ofrenda a sus deidades. La "gente dorada" fue representada en infinidad de formas y con una gran variedad de estilos por los orfebres prehispánicos de Colombia. En máscaras, pectorales, narigueras, colgantes, alfileres, poporos, o como figuras votivas para arrojar a las lagunas, aparecen imágenes de hombres y mujeres que quizás recordaban a los indios la creación del género humano.
En la mente romántica y aventurera del ibérico, la leyenda significaba riqueza prodigiosa y fácil, que, para adquirirla sólo se precisaba arrojo, coraje y un poco de suerte, y ellos tenían estas características en forma superlativa. Para el conquistador español, América indígena y "salvaje" le prometía ciudades completamente construídas en oro, en cuyas casas las joyas de este metal y de plata, estaban aparejadas con las esmeraldas que, según su propia fantasía, tapizaban las viviendas de los poderosos caciques. La leyenda del "El Dorado" hizo de América la meca de la ambición y la codicia humanas. La espléndida, la prodigiosa imaginación volcada en esta leyenda -que no es leyenda, propiamente, sino, más bien un trozo de historia de los aborígenes del lejano ayer-, puede hacerla figurar, por su exquisitez, por su belleza incomparable, por su magnificencia, al lado de las más hermosas de cuantas haya tejido la mente humana, a través de todas las edades, de todas las civilizaciones de la cultura universal. Nos dice la leyenda que, "se aproximan las ceremonias rituales que periódicamente, el cacique de la comarca realizaba para hacer ofrendas, sacrificios e implorar la benevolencia de los dioses tutelares de la laguna, como también para ratificarse ante el pueblo como representante de esas divinidades y, así, perpetuarse como supremo mandatario sobre la parcialidad indígena". "El cacique y los más destacados miembros de su séquito real, inician el clásico y obligado ayuno y abstinencia, necesarios para la purificación del cuerpo y alma, para de esta suerte, estar preparados para invocar la benevolencia de la diosa tutelar de las aguas. Con este período de sacrificios y penitencias, los dioses serán propicios y quienes los invocan recibirán perdón a sus faltas, consuelo en la aflicción, promesas de felicidad en el povenir."
Mientras el supremo cacique y sus cortesanos se preparan física y espiritualmente para el rito en La Laguna, en el bohío real se hacen todos los preparativos para el fausto acontecimiento, sin dejar nada a la improvisación. Hasta el más insignificante detalle se tiene en cuenta. Todo es preparado con menticulosidad para el ritual. Desde luego, no sólo se dispone de todo cuanto se precisa para el solemne y pomposo ceremonial; también se aprestan para los grandes festejos culminatorios del rito en el sagrado adoratorio. El pueblo apronta sus máscaras, sus vistosos arreos, sus más ricos adornos, sus más hermosos penachos multicolores. Otros alistan instrumentos para amenizar los actos, mientras que prácticamente todos hacen ricas provisiones de alimentos, y sobre todo, de chicha, para conmemorar tan regio espectáculo como el que se les ofrecerá en breve. Llega la hora del felíz acontecimiento. Aún sin despertar el alba, ya todo está listo para iniciar el desfile hacia "la divinizada laguna". Al son de flautas, flautines y tamboriles, comienza la procesión hacia el adoratorio. Abigarrada multitud luciendo vistosos trajes, sigue el compás de los músicos, entonando oraciones y plegarias. Vienen luego, las andas reales. Hercúleos guerreros ostentando, en sus cabezas, hermosos y policromados penachos de plumas de las más exóticas aves, llevan sobre sus atléticos hombros las andas sobre las cuales reposa "la soberana y divina majestad del cacique". A los lados y detrás del soberano, nutridos cordones de güechas o guerreros, portando sus flechas, sus lanzas, siguen el cortejo hacia La Laguna.
A medida que las gentes van llegando a las santificadas aguas del remanso, lo van circundando. A corta distancia de la orilla de la sagrada linfa, desciende el soberano de sus andas e inicia, a pie, el corto trayecto hacia la balsa real que lo espera.
La barcaza real se aleja lentamente de la orilla, mientras que la muchedumbre, vuelta de espaldas a la Laguna -con la frente inclinada- , para no ofender con la mirada, la divina majestad del cacique, acentúa sus cánticos, sus plegarias, sus oraciones. Ya en medio de la Laguna, envuelto en volutas de humo de perfumadas resinas, el escultural cacique, de pie, dirige su cuerpo y su mirada hacia Oriente, en espera del monarca de las alturas.
En medio de esta expectación devoradora, de un momento a otro, desde el arrebol magnífico, asoma el astro rey, que envía sus fulgores hacia la sagrada linfa de la "Laguna de Guatavita".
El "Soberano de Guatavita", en medio de la Laguna, sigue extático, como perdido en su arrobamiento. El cacique vuelve en sí, y al pronunciar sus más sentidas y emocionadas oraciones, arroja al fondo de la Sagrada Laguna las más hermosas esmeraldas, como ofrenda a la diosa tutelar de su pueblo, invocando bienaventuranza para sus amados súbditos. Luego, en arrogante gesto y cánticos en sus labios, continúa arrojando, a la voracidad de la Laguna, las más delicadas y hermosas preseas. Tunjos de oro, animales confeccionados, del mismo metal, por los más delicados artistas de la orfebrería, siguen cayendo silenciosos en el seno del augusto adoratorio.
Terminadas las ricas ofrendas, el soberano cacique salta de la barcaza real y se sumerge en las cristalinas aguas de la Laguna. Frótese con hierbas el cuerpo, y el oro, disuelta la resina que lo contiene, cae, también, al fondo del acuático adoratorio.
La balsa de apresta a retornar a tierra firme. Los expectantes súbditos, vuelven, entonces, sus espaldas a la Sagrada Laguna, o se inclinan reverentes, porque, ahora como siempre, sus miradas pueden herir u ofender la sublime majestad del soberano. La embarcación toca tierra y una vez más, el cacique camina, lento y ceremonioso, por tapices de mantas y flores, hasta ocupar de nuevo, el trono, incustrado las andas reales. Los corpulentos y fornidos guerreros levantan la figura augusta del cacique y la llevan de regreso a su morada.
Terminado el ritual de la ablución y consagración del soberano cacique, el bohío real comienza a vestirse de fiesta. Se inician las celebraciones. Afuera el pueblo también se ha entregado a la celebración. Todo es esplendor, algarabía, jolgorio. La alegría de los festejos termina en éxtasis, en sensualidad incontenida y siempre satisfecha.
Las fastuosas ceremonias fueron descritas así :
Esta es la hermosa leyenda del regio ceremonial en la "Laguna de Guatavita".
La pieza conocida como la balsa muisca es, técnicamente hablando, una figura votiva (exvoto, ofrenda) en forma de balsa con personajes. Constituye una pieza excepcional por ser la única de esta forma existente actualmente.
Esta pieza que pesa 287,5 gramos y tiene 19,5 centímetros de largo por 10,1 de ancho y 10,2 de alto fue hallada, junto con otra importante figura votiva, a principios del año 1969 por tres campesinos dentro de una vasija de cerámica en el interior de una pequeña cueva del municipio de Pasca, al sur de la ciudad de Bogotá. ¿Por qué se ofrendó allí la mejor pieza hasta ahora conocida de esta cultura? Este era probablemente uno de los límites del territorio muisca hacia uno de los rumbos cardinales o cosmogónicos. Fue adquirida por el Museo del Oro en Abril del mismo año y desde entonces se encuentra expuesta en la sede de Bogotá. Es imposible determinar la fecha precisa de su manufactura aunque muy probablemente pertenece al periodo tardío de la cultura muisca que se ubica entre el 1,200 y el 1,500 después de Cristo. La balsa fue fundida en una sola pieza mediante la técnica de la cera perdida en un molde de arcilla. El metal es oro de alta ley (mas de 80%) con plata nativa y cobre en aleación.
Sobre el centro de la balsa se encuentra un personaje de gran importancia y tamaño destacado (que se interpreta como el cacique) ricamente adornado y rodeado por otros doce personajes menores. Algunos portan estandartes y bastones, los del frente llevan dos máscaras de jaguar y en los muy pequeños que están al borde de la balsa puede reconocerse a los remeros. El Salón Dorado del Museo muestra actualmente un espectáculo de luz, orfebrería y sonido que hace revivir la sensación de la ceremonia de El Dorado en un pequeño espacio que sugiere un amanecer en la laguna de Guatavita. ¡No deje de conocerlo!
Pero...¿Cómo llegó a conocerse la leyenda con el nombre de "El Dorado"? En lo que se refiere al
nombre de la leyenda propiamente dicho, sabemos que tuvo orígen durante la conquista.
Sebastián Belalcázar (1.534), Gonzalo Jiménez de Quesada y otros más rebuscaban noticias de estas
ceremonias, de estos rituales en las lagunas y ríos sagrados; y las noticias volaron a todos los
confines de España y de ahí a todos los rincones de la tierra. "El Dorado" era así, un sinónimo de
riqueza, de fabulosos tesoros, de una tierra de promisión : América. Esta se hallaba abierta para
todo el que quisiera mitigar su sed de aventura y ambición - a cualquier precio ! - y fue invadida
por aventureros de todas las calañas (asesinos, piratas, violadores, genocidas, soñadores...),
por hombres sin dios, sin patria y sin ley. La cultura indígena fue destruída y arrasada en
sangriento holocasto a la ambición, a la codicia, a la miseria humana. La sangre corrió copiosa
y la pobre indiada, con su civilización y cultura milenarias, fue víctima propiciatoria de
la codicia insaciable de los hombres.
Los relatos que nos legaron los acompañantes de "los conquistadores" son, en verdad, escasos y las
leyendas transmitidas, fueron generalmente, truncadas, tergiversadas y narradas al amaño de los
cronistas, para satisfacer pequeñas conveniencias personales, o para servir de forma oscura y
dudosa, los intereses de una causa.
Según algunas crónicas, se cita a "la princesa o Cacica de Guatavita" que al suicidarse -por arrojarse al fondo de la Laguna- y al anunciar al cacique de tal hecho, se llenó de aflicción y pena inconmensurable, que lo anodadó hasta dejarlo abatido. Este la perdonó y ofreció hacerle toda suerte de ofrendas, para que su alma no penase y más bien, que los dioses le fueran benévolos. Comenzó entonces sus ricos ofrecimientos a los dioses de la Laguna, entre los que ya figuraba su adorada princesa. Ricas piezas de oro y esmeraldas caían al fondo insaciable de la Laguna, año tras año. Por lo tanto, no se duda que "la leyenda de la princesa o Cacica de Guatavita", fue la que dio orígen al deslumbrante ceremonial que conocemos, a partir de la conquista, como la leyenda de El Dorado.
"Museo Nacional de Colombia" y "Museo del Oro - Banco de la República" ![]() Permitiendo acceder a la documentación en la que se ha fundamentado ésta página. |