T A I R O N A                                                                                  Los Kogi - Los Ijka - [Los Arhuacos]

Índice
Los Orígenes
Los Tairona
La Conquista
Los Kogi - Los I j k a
La Ciudad Perdida

Los Antepasados

                                El mito de la madre Shibalaneuman, cuenta que dió a luz en un comienzo a todas las cosas, al mundo, a los hombres, los animales, las plantas, el fuego, las lagunas, los cantos y los bailes.





Fue la madre quién entregó a "los KOGI" a través de sus hijos, el código moral, social y espiritual.

Es la ley de la madre como denominan los indígenas este código, y debe der ser observada estrictamente por toda la tribu. Los Kogi hacen que el Universo siga su curso normal : solo ellos cuidan de todas las cosas.
Ellos son los hermanos mayores en tanto que el blanco es el hermano menor; él no sabe, él solo conoce las leyes de los hombres y desconoce las leyes naturales.

Solo ellos tienen el secreto que dejaron los antiguos, para que todo nazca, crezca, se reproduzca y muera, para que llueva, para que llegue el verano, para que el sol salga nuevamente mañana.

Los Mamas, sacerdotes kogi, son los encargados de velar por el orden universal, y así, también por el orden social y espiritual de la tribu.

Los Mamas observan los diversos fenómenos de la naturaleza a través de las estrellas; por ellas está conformado el calendario kogi.



El sol y la luna, junto con los demás astros y constelaciones, se desplazan por el firmamento a lo largo del año. Allí se observan HUSO (el cangrejo), NEUIHELDJI (la nutria), NEBBTASHI (el jaguar), TARBI (la culebra) y cientos de constelaciones más, todas ellas relacionadas con la naturaleza y el mundo que rodea a los Kogi : "allí se ve todo, allí está todo, todo : los antiguos, la gente, los animales", dicen ellos.





A lo largo del año, de acuerdo con el movimiento estelar, se organizan diversas ceremonias, las unas para los antepasados, otras para los cultivos, otras para los animales o para las deidades del bien y del mal; así va transcurriendo el año, a todo se le hace ofrenda, de esta forma todo seguirá su curso normal : "todo estará de acuerdo".

La existencia de obras públicas, sugiere una organización social y política compleja, para cuyo conocimiento son de gran valor los datos registrados por los cronistas. A través de relatos del siglo XVI se sabe que todos los pueblos tenían un cacique, que dependía, a su vez, de otros caciques principales. Se menciona, además, que algunos pueblos como Bonda, estaban divididos en barrios: cada barrio tenía su propio cacique, y el conjunto de varios barrios tenia un cacique principal (Restrepo Tirado, 1937). El término barrio puede entenderse en este caso como:       "grupo de casas o aldehuela dependiente de otra población, aunque apartada de ella" (Diccionario de la Lengua Española, 1984).

                                Estos datos son reveladores de una estructura política, en donde las comunidades taironas estaban organizadas en cacicazgos o señoríos, que controlaban un territorio específico bajo la figura de un cacique principal.
Al parecer, las provincias de indios, citadas en fuentes de las primeras décadas del siglo XVI, podrían corresponder a la unión de varios cacicazgos mayores, por medio de alianzas.

Esta estructura política se refleja en los vestigios arqueológicos, principalmente en lo que respecta a la jerarquía de asentamientos que ha sido identificada en distintas zonas ecológicas; por ejemplo, en el Parque Nacional Tairona en torno al asentamiento conocido como Pueblito y en el alto río Buritaca en torno a Ciudad Perdida.
En espacios contiguos a un pueblo de gran tamaño, es recurrente encontrar ruinas de otros más pequeños. Estos dos tipos de poblados debieron mantener relaciones estrechas entre sí con un dominio del poblado más grande sobre los centros periféricos.

Para designar a los indígenas que estaban investidos de alguna autoridad civil, los españoles emplearon los términos cacique, capitán, mandador o indio principal. El cronista Simón dice que en el valle de la Caldera, los indios llamaban con la palabra manicato a los guerreros que llevaban una insignia especial de cabello colgada de la cintura por detrás.. Se sabe que a los jefes religiosos los denominaban naomas, y hay referencias de que podía haber varios en cada pueblo.





Los caciques tenían la máxima autoridad sobre la población y, según se desprende de algunos relatos de la segunda mitad del siglo XVI, algunos naomas pudieron compartir con ellos el poder. No obstante, la relación jerárquica entre unos y otros no queda clara en las crónicas. Probablemente los naomas ocupaban una posición privilegiada e influyente en razón del oficio que desempeñaban. La situación de conflicto que se vivió en el siglo XVI seguramente heredó la autoridad de los caciques.

Entre el común del pueblo estarían los especialistas de oficio tales como agricultores, artesanos y mercaderes, sin que hasta el momento se conozcan jerarquías entre ellos.

Como parte de la actividad cotidiana de las comunidades taironas, la gente común combinó las labores agrícolas con diversos oficios, para procurarse elementos básicos de subsistencia como alimentos, vestidos, herramientas de trabajo y utensilios caseros. Castellanos al referirse a los indios del río Don Diego dice:



... Pero flojos no son ni perezosos. En el labrar y cultivar la tierra; en sus oficios son ingeniosos, y la holgazanía se destierra: Hay muchos tejedores, hay plateros, y muchos, de sus usos, carpinteros.
Horadan piedras en color sangrientas, no malas para mal de los riñones; tejen para sus compras y sus ventas Mantellinas pulidas de algodones; también se labran muy menudas cuentas de conchas que llamamos nacaranoes, que por aqueste reino y su distancia un tiempo fue rescate de importancia.


La existencia de un cultivo como el maíz, que les permitió acumular excedentes, junto con la organización política que caracterizó a esta sociedad sustentada en cadenas de relaciones entre los diferentes cacicazgos de la región y el intercambio de bienes y servicios, favoreció la consolidación de especialistas que elaboraron artículos para atender las exigencias de carácter ritual: ofrendas, adornos y vestidos especiales, así como objetos para el intercambio. Las fuentes históricas mencionan que tenían joyas de oro, capas, penachos, abanicos y vestidos de plumas, mantas pintadas o adornadas con joyas de oro y piedras preciosas, sartas de cuentas de piedras finas y bien labradas, hamacas y redes de pesca.

En relación con el vestido se puede decir que éste variaba según el clima. En la tierra cálida de la costa Castellanos dice:

Vístense de algodón de tela fina y muchos de ellos tienen solamente a las espaldas una mantellina, y todo lo demás anda patente:
A más honestidad mujer inclina la parte que llamamos impudente con manta de algodón por la cintura y otra de lo demás es cobertura.





Al referirse este mismo cronista a los Tairos de la región del río Don Diego señala que:

Los Tairos son vestidos y galanes...
... Los tairos con sus mantas van compuestos,
Las tairas bien cubiertas y compuestas...







Imágenes... Taironas !

Taironas - 1946 | Agricultura Tairona - 1946 | Indígenas - 2005






                                En el Valle de la Caldera el vestido ordinario de los indios era dos mantas de algodón pintadas (Simón, 1882). Los caciques y hombres principales, así como sus mujeres, utilizaban ricos adornos en joyas de oro, piedras finas, atavíos de plumería como capas, abanicos, vestidos y diademas.

La manufactura de los tejidos era una actividad masculina y el algodón lo hilaban las mujeres.

Después de esta visión general sobre aspectos cotidianos y de organización interna de los taironas, se percibe que los adelantos técnicos, sociales y religiosos que alcanzaron no se pudieron haber dado en una sociedad en estado de alta competencia militar entre las comunidades locales que la conformaban. Todo hace pensar en largos procesos internos de diferenciación social que condujeron a una estructura política capaz de solucionar los problemas vitales de la comunidad, gracias a una organización eficaz del trabajo comunal y a un sistema de creencias y expresiones religiosas que imprimieron en la gente un sentimiento de identidad cultural.

Las estrategias de adaptación que lograron al medio de la Sierra, permitieron a los taironas sostener una población densa durante cerca de 700 años. Las prácticas agrícolas de estos indígenas caracterizadas por la siembra rotatoria de cultivos de tipo individual y mixto, el terraceo, el uso de abonos e irrigación y el desmonte controlado del bosque, no degradaron el medio.
De otra parte, la transformación del terreno para construir sus pueblos fue fruto de un conocimiento profundo del mismo, calculada para controlar con eficacia la erosión del suelo, a la cual estaba expuesto, dadas las condiciones ambientales y topográficas de la Sierra Nevada de Santa Marta.
















Los Kogi



Los Kogi, una población de aproximadamente 5.000 indígenas, pertenecientes a la familia lingüística Chibcha, habitan en diversos poblados dispersos por la gran región.

Constituyen uno de los muy pocos grupos nativos sobrevivientes cuyas instituciones sociales, políticas y religiosas aún contienen muchos elementos característicos de las sociedades de rango de los antiguos cacicazgos del noroccidente de Suramérica.
Un estudio de su muy eficiente agro-eco-sistema, desarrollado en el curso de períodos de mayor cambio, es por tanto de interés para la evaluación de la amplia escena norandina.

Las aldeas kogi consisten hasta de un centenar de viviendas, unifamiliares, una serie de bohíos de planta circular y techo cónico de paja; sus paredes son construídas de diversos materiales de acuerdo a los recursos de la región y la función que desempeña cada espacio.

                                Las aldeas no están habitadas permanentemente pues constituyen centros sociales y rituales donde los indígenas se reúnen en ciertos tiempos del año; y tan solo sirven para reuniones colectivas con motivo de algún evento especial, o, esporádicamente, de paso hacia las fincas.
La mayor parte del tiempo la gente la pasa en sus varias diseminadas viviendas ubicadas en los flancos de la montaña a diferentes alturas.

La unidad familiar puede poseer hasta cinco o más casas, cada una localizada en un pequeño cultivo de media a una hectárea, en una escarpada vertiente o en el estrecho fondo de un valle. También cada familia tendrá una casa en la próxima aldea, pero ésta sólo se utilizará en algunas ocasiones.

A lo largo del año, las familias Kogi se desplazan por el territorio atendiendo sus distintas fincas, en las partes altas y medias de la Sierra.

Las fincas también son habitadas temporalmente. Cada finca es habitada por una familia.
Dos bohíos enfrentados sirven de hogar, uno para el hombre y el otros para la mujer y sus hijos; de vez en cuando, si una de las hijas ha llegado a la pubertad, quien la pretenda debe venir a "yernar" por espacio de dos años, para así ayudar al futuro suegro en las labores cotidianas y demostrar que "si sabe" y es apto para conformar un nuevo hogar, para así iniciar, al igual que los cultivos, un nuevo ciclo.

En las fincas se recogen los productos agrícolas que proveerán la comida de los próximos días, luego se siembra y se parte para otra finca, un poco más arriba, dejando que las nuevas siembras empiecen su normal desarrollo.

Debido al régimen fluctuante de las lluvias, la capacidad de carga de cada cultivo o de un grupo de campos vecinos varía de un año a otro y de una región a otra; no obstante algunos cultivos prosperan en un ambiente más cálido o frío y por tales razones las familias kogi con frecuencia se movilizan de un campo de cultivo a otro. En cada uno de éstos, ellas se demoran el tiempo necesario para cosechar, deshierbar y cuidar sus siembras. El total de la población está activamente ocupada en prácticas agrícolas y esta pauta de trashumancia es la principal característica de la subsistencia kogi.

La distribución de labores por sexo, es la pauta general.
El hombre duerme en hamacas confeccionadas por ellos mismos, en tanto que la mujer lo hace con los hijos sobre esteras vegetales, o el cuero de alguna res que fue sacrificada.
                                El hombre teje los vestidos para él, su mujer e hijos; caza, trae leña, construye el bohío, participa en los trabajos comunales y labra los cultivos.
En tanto que, la mujer cocina, teje las mochilas para su esposo e hijos, lava la ropa, cuida de los hijos y participa en las labores agrícolas. Es ella también encargada de preparar las ofrendas para el Mama.


Buena parte del territorio kogi muestra los rastros perdurables de antiguas épocas de ocupación humana. Siglos de quemas han producido un paisaje de áridas montañas, cubiertas de herbaje y pedrejón ennegrecido por el fuego. Las vertientes sin árboles están muy erosionadas y apenas a lo largo de las quebradas y ríos han sobrevivido algunas arboledas; en ciertos sitios aún existe selva primaria o secundaria.
Aunque algunos campos de cultivo kogi se encuentran en las estrechas vegas de los valles y en pequeñas terrazas aluviales a 20 ó 30 metros sobre el lecho del río, la mayoría de dichos campos están localizados en vertientes donde ocupan un máximo de 2 hectáreas de cultivos mezclados.

La agricultura kogi se basa en los siguientes cultivos: a unos 1.000 m, que es aproximadamente el límite más bajo de su hábitat, hay plátanos, bananos, yuca dulce, algo de maíz, calabaza, zapote, piña, junto con café, caña de azúcar; estos últimos son cultivos comerciales. A unos 1.500 m se añade al complejo enumerado el fríjol, pero allí existen pocas frutas; más arriba de los 1.500 m hay algo de maíz, fríjol, arracacha, batatas, mientras que a mayor altura siembran papa y cebolla.

El proceso usual consiste en limpiar el terreno cultivable durante Diciembre, Enero y quemarlo en Febrero o comienzos de Marzo. Pero no existe época fija de cosecha; ésta es una actividad a través del año debido a la variedad de plantas que se siembran y a las variaciones de calidad del suelo y diversidad de alturas de los campos cultivados.
En estas condiciones sería equívoco decir que los kogi practican una agricultura "itinerante".

Debido al hecho de que los campos de cultivo de la familia están en diferentes estados de producción no hay épocas definidas de cosecha o maduración. Platanales y cañaverales se han observado en producción por unos 30 años casi sin cambios. Una comparación entre la frecuencia de épocas de cosecha y de barbecho sería pues insignificante; algunos campos son prácticamente perennes.

Dicho tipo de cultivo escalonado en los flancos de la montaña difiere del verdadero cultivo "itinerante" en un medio plano de selva pluvial, en cuanto provee más variedad espacial y estacional de cultivos así como un encadenamiento de ciclos de crecimiento y depende menos de la lluviosidad, siendo probable que hasta durante una sequía inesperada caiga alguna lluvia en cierto sitio de las montañas. La tan efectiva variedad de cultivos de los kogi varía a lo largo del año y debe estar siempre suplementada por otros niveles y ambientes, pero el sistema general es de una muy estable agricultura de subsistencia.

                                En realidad ellos no reubican los sembrados y éstos pueden ser cultivados durante unos 5 años y luego se dejan descansar unos 10 años, pero en este período no se abandonan por completo; aun cuando el suelo esté bastante empobrecido siempre habrá algunas plantas alimenticias tales como cucurbitáceas, ají, fríjoles o un árbol frutal que se mantenga en algún rincón.





La base alimenticia está conformada por papa, arracacha, cebollín, ajo, arverjas y una variedad de fríjoles, productos estos de clima frío.
También plátano, guineo, yuca, malanga, ñame, caña de azúcar para la elaboración de la panela, maíz, aguacate, y algunas frutas como piña, mango y guanábana de los climas medios y cálidos.

A su vez, la dieta vegetal es complementada por la "carne de monte" :borugos, armadillos, zainos, pavas, ardillas, roedores de diversos tipos, cucarrones y cangrejos, entre otros varios.
También se come carne de res, de cerdo y de gallina.

Los Kogi, una de las pocas culturas que aún conservan intactas sus tradiciones, ven con angustia cómo la sociedad mayoritaria ha ido tomando posesión de sus territorios míticos y, si bien hasta hace relativamente pocos años su hogar abarcaba las tierras bajas de la Sierra, hoy en día la presión colonizadora ha reducido considerablemente su habitat.



Solo nosotros, "los civilizados" en nuestra sabiduría, si logramos entender y respetar una de las más valiosas culturas del continente americano, podremos generar los mecanismos adecuados para proteger el "centro del mundo", aquel territorio mítico cuya historia se pierde en el tiempo.

























Los Ijka

Los Ijka o Arhuacos, uno de los tres grupos que tradicionalmente han habitado la Sierra Nevada de Santa Marta, se ubican hoy en las vertientes suroriental y suroccidental, en la franja comprendida entre los 1.000 y los 4.000 mts. de altitud.

La comunidad está compuesta por unas 18.000 personas, distribuídas en 22 parcialidades que conforman el Resguardo Indígena Arhuaco, gobernado tanto por los Mamas, como por el Cabildo Gobernador y la junta Directiva Central.

Para ellos la Sierra Nevada es el centro del mundo, es el lugar de orígen de todas las plantas, las rocas y los animales.
                                Allí la Madre Tierra creó a los hombres, les dió sus respectivas leyes y les asignó las tierras donde vivir.

Para delimitar el territorio sagrado, el lugar de habitación de los hermanos mayores - Ijka, Kogi y
Arsario -, trazó la "Línea Negra" que, pasando por las tierras bajas, bordea la Sierra Nevada.

Los Misioneros capuchinos, que llegaron a la comunidad Ijka por el año 1.916, se asentaron y comenzaron una intensa labor civilizadora cuyo principal objetivo fue el "cambiar la cultura tradicional Ijka", por la cultura del "blanco".

Prohibieron el uso de la lengua materna, el vestido tradicional, el cabello largo y organizaron matrimonios entre los indígenas de diferentes grupos.

Crearon un grupo mestizo, tanto cultural como biológico.
Este sector conflictivo y desubicado... aprendió hablar el español, a comerciar, a manejar dinero, elementos que introducidos con el criterio de los misioneros influyeron negativamente en la comunidad.
Los mestizos criticaron la cultura del sector tradicional y durante mucho tiempo fueron el soporte y la justificación de los misoneros.

A todo ello se suma la presión colonizadora que durante mucho tiempo han ejercido los campesinos migrantes, sobre territorios indígenas :
que no sólo quitaron las tierras, sino que introdujeron nuevos conflictos a la comunidad.

El cultivo de la marihuana durante la década de los 70, y más recientemente, el procesamiento de la coca, - planta sagrada para los indígenas - fueron causa de nuevos enfrentamientos.



Al ser comunidades tan similares en aspectos culturales, sociales, económicos, políticos y organizativos, Ijkas y Kogis han reaccionado ante toda esta influencia foránea de manera muy distinta :





Mientras los Kogis se dedican a fortalecer su tradición, se aislan en las tierras altas de la Sierra, se niegan a tener contacto con el "blanco" y dejan el trabajo de la defensa en manos de los Mamas, los primeros reaccionan creando una organización política conformada por el Cabildo Gobernador y la Junta Directiva de la Comunidad, quienes median los conflictos con la sociedad mayor.


Los hallazgos casuales de piedras de moler arqueológicas indican que los vestigios de terrazas fueron usados para el cultivo de maíz, de lo cual también dejaron constancia los primeros cronistas españoles. Aunque actualmente el maíz está rodeado de muchos ritos de carácter ceremonial, este producto es de poca importancia ahora en su dieta. El principal producto alimenticio de los kogi a través de todo el año consiste de plátano, fruto casi permanentemente cosechable. Es claro, asimismo, que los elementos más básicos de su subsistencia son plantas, muchas de ellas de origen postcolombino, tales como: el plátano, el banano, el ñame, la papa (que en la Sierra Nevada aparece en la época posterior a la Conquista), el guandul, la caña de azúcar, el mango y otras.

En cambio, son de menor importancia plantas autóctonas americanas tales como el maíz, la yuca, la batata, el fríjol y éstas, aunque son consideradas por los kogi como "pertenecientes" a ellos, son de menor consumo.

Aquello indica que en gran parte los kogi han tenido que reorientar su producción agrícola y con ella muchos otros aspectos de su vida tradicional, tal como ocurrió con sus pautas de asentamiento.
Según los kogi, el cultivo de maíz no es ventajoso en su actual ambiente y ellos se inclinan por la preferencia de alimentos tales como plátano, tubérculos y calabazas, siendo de considerable importancia cosechas de frutos de árboles. El uso de recursos animales está limitado tanto por factores ambientales como por mecanismos culturales, puesto que ellos piensan que las proteínas animales son peligrosas para la salud en el contexto ritual. La caza es muy escasa y hay poca cacería de animales que entren a los campos de cultivo. Consumen cangrejos de río y cucarrones.



Los Peregrinos de la Sierra

Ya se ha visto como, por consecuencia de la gran contienda que se generó en la Sierra, por parte de los españoles para conquistarla, y de los indígenas para defenderla, el cuadro humano tuvo lamentables alteraciones :

un número considerable de sus habitantes murieron en la guerra, los que ocupaban las zonas bajas fueron subyugados y aculturados, a otros los erradicaron a comarcas distantes, y algunos se refugiaron en las regiones altas de la Sierra, donde se mezclaron con los que ya habitaban allí, "permaneciendo libres" aunque debilitados, al serles quebrantado en forma implacable y sangrienta todo su sistema de vida.


De los valerosos indígenas que no pudieron ser sometidos por los españoles y conservaron su independencia, quedan en nuestros días tres grupos conocidos como kogi, sanká e ijka, estos últimos más conocidos como arhuacos, quienes desde entonces han tenido que enfrentar la constante presión de los "civilizados", no ya en una guerra declarada, sino para contener, en unos casos, la permanente invasión de los colonos, y en otros, para conservar sus creencias y tradiciones religiosas.

Es ésta, también, la dramática y justa defensa de los territorios que, según su tradición, un día les entregó la Madre Universal.


En la Sierra Nevada de Santa Marta, el país de los Tairona, uno de los más insignes orfebres de la América Precolombina, el fenómeno de "la guaquería" alcanzó dimensiones de la mayor gravedad, llegándose hasta intentar - con flagrante violación de las leyes - la organización de un sindicato para sí legalizar la profesión de la guaquería.

Sin embargo, y aún sin legalización, este negocio sigue prosperando, sus estragos continúan...
Por paradoja, a partir de la década del 70, y con ocasión del incremento de los cultivos de la marihuana (fomentados por la mafia del narcotráfico internacional), las gentes que se dedicaban al saqueo de los yacimientos arqueológicos de los Tairona... cambiaron su actividad y se convirtieron en marimberos, lo cual les reportaba mejores ganancias, así se pusieron definitivamente fuera de la ley.



Para ver artículo Tribus Indígeneas * De : GLORIA HELENA REY [Bogotá]
  [Clave de apertura : nelsonweb]






Gunmaku

LEONARDO HERRERA D. [EL TIEMPO - Abril 2.007]

Nace Gunmaku, el pueblo que soñaron los Arhuacos.     "Gunmaku simboliza dios encargado de asignar funciones de todas las cosas".

Costó unos 3 mil millones de pesos y tiene 39 casas, hospital, colegio, acueducto y comedor infantil.
Beneficiará a 1.300 indígenas de la parte alta del río Aracataca, en la Sierra Nevada de Santa Marta.
Su construcción era el último deseo del mamo Mariano Suárez: que los indígenas de la Sierra Nevada tuvieran un sitio a donde llegar a refugiarse de la guerra entre paramilitares, guerrilla y ejército.
La intención era que cada vez que se presentaran enfrentamientos los indígenas no bajaran de las montañas como desplazados, sino que tuvieran un pueblo de paso donde, además de esperar que retornara la calma, recibieran atenciones del Estado.





El viejo guía espiritual de los arhuacos no pudo ver cumplido ese sueño. El 6 de noviembre del 2004 un guerrillero de las Farc le pegó un balazo por la espalda porque no le dijo donde acampaban las tropas de soldados.
Esa noche, el sueño del mamo Mariano fue contado por las autoridades indígenas al pueblo arhuaco cuyo llanto se escuchó en toda la Sierra. Al día siguiente, luego de la ceremonia especial del funeral, al pie de una colina que se convirtió en un sitio sagrado, comenzaron a trabajar día y noche por cumplir ese sueño.

                        Este sábado, cuando se cumplen dos años y cuatro meses del asesinato del mamo Mariano, los arhuacos inauguran -con la presencia del presidente Álvaro Uribe y ministros de despacho- Gunmanku, el pueblo indígena de la Sierra Nevada en que el Gobierno Nacional invirtió 2.000 millones de pesos e hizo realidad el sueño del anciano indígena y de un pueblo que está en medio de una guerra ajena.

El pueblo se encuentra en la vereda El Blanco, en Aracataca (Magdalena), parte alta del río Aracataca, en un área de ocho hectáreas, a casi una hora de la Troncal de Oriente y a casi cuatro horas a pie.
Aquí, en ocho meses, se construyó un puesto de salud, entregado por la Embajada de Estados Unidos por valor de 317 millones de pesos, un colegio, acueducto, 39 viviendas indígenas rurales, el mejoramiento de la vía y un comedor para los niños.

El primer ritual

El miércoles pasado, a las siete de la mañana -tras caminar casi cuatro horas entre bosques vírgenes y ríos serpenteantes que atraviesan las entrañas de la Sierra Nevada-, Cornelio Torres Mejía, autoridad entre los arhuacos, llegó a Gunmanku.
Los mamos lo eligieron para que cumpliera el papel de inspector del pueblo y como máxima autoridad le correspondió hacer el trabajo de limpieza espiritual de las personas que trabajaron en la construcción de las casas y de los materiales utilizados.
Entregó a los hombres algodones para que luego de una larga jornada de reflexión descargarán allí las malas energías. Luego, en un lugar sagrado de la Sierra, hizo un pagamento para limpiar el espíritu de estas personas.
Cornelio siguió su trabajo de limpieza con elementos de la obra que vienen de afuera como el cemento y el hierro. Luego hizo pagamento a la naturaleza por la cubierta de madera del techo, la puerta y las palmas para forrarlo.







Según la tradición, la ceremonia se hace antes de que la gente vaya a vivir a las casas. "Es para que no se enfermen y permanezcan unidos con la casa", dijo Cornelio.
Gunmaku simboliza el Dios encargado de asignar las funciones de todas las cosas existentes en la tierra. Este pueblo de etnias amenazadas por el desplazamiento y el conflicto armado busca crear una talanquera que sirva como barrera para recordarle al hombre blanco que allí comienza el territorio indígena.
Según el cabildo gobernador del resguardo arhuaco, Rogelio Mejía Izquierdo, se beneficiarán unos 1.300 arhuacos que habitan en su área de influencia, y también koguis.

                        Los colonos cafeteros y agricultores que habitan la región también aprovecharán los servicios de salud y educación, además que permitirá que indígenas y blancos estén juntos en este punto de encuentro sociocultural.
Urbanización indígena.



El arquitecto y antropólogo Yalmar Vargas, codirector de la corporación Caja de Herramientas, que construyó las casas, dijo que el proyecto recupera las técnicas constructivas de los arhuacos. Es decir, usa tierra y paja, actualizadas con políticas del Estado.
"Las diseñamos con ellos, son dos casas, una para el macho y otra para la mujer. Es la tradición de ellos", explicó Vargas al mostrar los dos módulos que forman cada casa.
Los mismos indígenas hicieron la estructura de la cubierta y el techo, las puertas y ventanas.
Desde Nabusimaque, pueblo arhuaco en el Cesar, Vargas, quien ha construido varios de esos proyectos, trajo a Martín Copete, un indígena experto en construcción.

Él dirigió a los 22 hombres que trabajaron de 6 a.m. a 6 p.m. durante ocho meses. La construcción siempre mantuvo el estilo arhuaco. Precisamente, los baños, que el Gobierno concibió adentro de las casas, fueron levantados afuera.

"Gunmaku será un centro poblado por mucha gente que viene de paso, que viene a la escuela y centro de salud. Y ellos necesitan el servicio de baño", aseveró Vargas.
Por eso se desarrollaron dos baterías sanitarias, una para hombres y otra para mujeres, con las características de higiene de un baño tradicional occidental. También hay pozo séptico.
Esto hace a Gunmaku un pueblo especial: solo el cinco por ciento de los pueblos indígenas tiene servicio de acueducto y alcantarillado.
No obstante estos servicios, Rogelio Mejía asegura que se garantiza la estabilidad cultural de los pueblos. "Es la primera vez en la historia que algo como esto se hace en la Sierra", señala el líder indígena, refiriéndose a que se cumplió el sueño del mamo Mariano Suárez.











Los Arhuacos

Los ARHUACOS comparten la Sierra Nevada de Santa Marta con los Kogi, los Wiwa y los Kankuamos y tienen aún acceso directo al mar Caribe.

LOS ARHUACOS, Ika o Ijka, son un pueblo amerindio que habita la vertiente meridional de la Sierra Nevada de Santa Marta, Colombia. Son aproximadamente 9 mil personas.
Su territorio tradicional llegaba mucho más abajo que los límites actuales del resguardo y del poblamiento arhuaco, hasta la llamada línea negra imaginaria, que encierra varios de los sitios sagrados a los cuales siguen acudiendo los indígenas a hacer sus ofrendas o pagamentos.

Son un pueblo profundamente espiritual y conocedor de su propia filosofía, que tiene un carácter globalizante. Creen en la existencia de un Creador y Gran Padre, Kakü Serankua, del cual provinieron los primeros dioses y seres materiales, otros padres como el sol y los nevados y otras madres como la tierra y la luna.

Entienden a la Sierra como el ombligo del mundo, desde el cual se originó en las diferentes piedras.



Los Mamo, autoridades espirituales, encarnan el seguimiento a la Ley tradicional.

Consideran la Sierra Nevada de Santa Marta como "Tierra de Sabios", tierra de inocencia, tierra de humildad.

La tienen demarcada alrededor y la miran desde tres puntos de vista. Hay una circunferencia interna que conocen como seinekan (Madre Tierra), una segunda circunferencia mannekan (Tierra Blanca) y una tercera circunferencia que denominan bunnekan (Tierra Roja).



                                Dentro de esos tres círculos está el conocimiento sobre la tierra, el conocimiento sobre la cosmogonía y el conocimiento sobre el infinito.
La consideran no de su exclusiva propiedad, sino que la cuidan para servicio del planeta, ya que cada fenómeno extraño que ocurre en la Sierra es algo que está viviendo el planeta.
La cuidan, dicen, para sus “hermanos menores”, o sea el hombre blanco.







Valoran en gran medida el silencio, especialmente en sus templos o kankurwas, mientras los ancianos transmiten el conocimiento ancestral a los niños y niñas.

LOS ARHUACOS, decía el geógrafo y geólogo alemán Wilhelm Sievers en 1886, no fueron los pobladores originales de la cordillera, ya que los españoles aseguran haber tenido duras batallas con los pobladores originales a los que llamaron Taironas.



Pero los Arhuacos son un grupo tan extremadamente pacífico que es imposible reconocer en ellos a los guerreros Tairona.

En general, los Arhuacos y los Guajiros (Wayúu) son muy, distintos; los primeros no tienen armas, son tímidos y extremadamente pacíficos, poco hospitalarios, muy vestidos; los segundos casi nunca están sin armas, son fuertes, guerreros, hospitalarios en extremo y andan casi sin ropa.

Después de la muerte de un miembro del grupo, no se estira el cadáver, sino que se encoge. Lo colocan sobre la altura de una colina o al borde de un camino en una sepultura, junto con sus utensilios, la mochila con el poporo, adornos y algo de comida.
A la nariz del muerto se agarra una cuerda que sale hasta afuera de la tumba. Cuando esta cuerda se deshace y se cae por efectos de la lluvia o cualquier otra causa, es entonces seguro para ellos que el alma ha huido.







                                Cuando un joven arhuaco utiliza por primera vez su tutusoma se compromete a resguardar el equilibrio y la armonía de la montaña. El color claro de su sombrero y su pelo largo y negro representan la nieve y la sierra que habita esta comunidad indígena del norte del país.

El tutusoma hace parte del vestido del hombre arhuaco, atuendo que se complementa con unos pantalones y una túnica de algodón que lo protegen del frío de la montaña, pero que igualmente son utilizados en climas cálidos. Algunos vestidos cuentan con ribetes y adornos que simbolizan elementos de la naturaleza, leyes o normas de la comunidad. Las mujeres llevan trajes muy parecidos pero no hacen uso del sombrero.
El proceso de tejido de una mochila, un vestido o un tutusoma, hace parte de los valores espirituales de la comunidad Arhuaca. Hilar y tejer requieren de un aprendizaje en el que se logra comprender el sentido del entramado entre lo humano y lo sagrado.

















Otros componentes del vestido son la Camisona, que cubre el tronco desde los hombros hasta las rodillas; el Jinu o Ku´jinu, especie de faja para sujetar el pantalón y el camisón; el Kursonu, pantalón; la Cheygekwanu, mochila para guardar elementos de uso personal; el Jo'buru, totumo pequeño en el que se guarda la cal para combinar con las hojas de coca; la Jo'burumussi, mochila para llevar las hojas de coca; y el poporo*.

                                Aunque el territorio de esta comunidad se localiza en la Sierra Nevada de Santa Marta, muchos arhuacos también viven en otras regiones del país. Algunos se aferran fuertemente a sus tradiciones y otros poseen elementos mestizos como el vestido y la lengua.