SANTAFE DE BOGOTA, 2 ago 1.996 (IPS) - Los arqueólogos y antropólogos están asombrados con 115 piezas de oro y 25 de cerámica labororiosamente trabajadas a inicios de la era cristiana por los habitantes del actual Valle del Cauca, en el sureste de Colombia.

Algunos, entusiasmados, hablan del "descubrimiento de un nuevo planeta" en las entrañas de una tierra que sabían fértil para el cultivo de la caña de azúcar pero en la que nunca se imaginaron encontrar vestigios de una cultura precolombina.
La colección, propiedad del Banco de la República, se exhibe por primera vez en el Museo del Oro de Bogotá bajo el título "Los tesoros de los señores de Malagana", aludiendo a los caciques que hace casi 2.000 años lucieron con boato las máscaras rituales y los bastones ceremoniales.
Pectorales como mariposas, y serpientes como diademas, narigueras de flores de granadillo, pendientes en forma de loro, son algunos de los objetos que se exponen al público y que dan cuenta de la rica fauna y flora del lugar y de la capacidad de los aborígenes para retratarla.
En cuanto a las cerámicas, lo que más ha sorprendido a los expertos son las vasijas antropomorfas en acciones no ceremoniales sino de la vida cotidiana, como la de hombres sacándose una espina o lavándose los pies y mujeres sentadas sobre los talones.
También hay objetos de piedra, hueso y concha y otros que alternan diversos materiales e incrustaciones de oro. Las piezas de alfarería, en su mayoría, serían ofrendas que hablan de los mitos y hábitos del cacicazgo de Malagana, del que recién en 1.992 se tuvo noticia.



Fue un día de octubre de ese año cuando un obrero de la hacienda azucarera de Malagana, en el este de la ciudad de Cali, sintió que el tractor con el que araba la tierra para la resiembra de caña se hundía sin explicación aparente.
Destellos de oro salían de objetos mezclados con terruños y maleza. El operario quedó presa del encanto y la ambición y recogió lo que pudo para venderlo en los montes de piedad de cualquier barriada urbana. El hombre no calculó nunca que eso que tenía entre sus manos sería definido por los expertos como el "producto de un elaborado pensamiento simbólico propio de las sociedades jerarquizadas" ni que causaría revuelo entre los investigadores sociales.
En cambio, y también como por encanto, corrió el rumor de un hallazgo maravilloso que al cabo de dos días ya concentraba miles de buscadores de oro, que en poco tiempo saquearon el entierro indígena. Los niños no fueron a la escuela para ayudar a sus padres a encontrar fortuna y hasta hubo monjas que dejaron a un lado las rutinarias labores espirituales para volcarse con frenesí a escarbar la tierra. Tal vez porque están acostumbrados a medir el tiempo en milenios, los arqueólogos y antropólogos llegaron después. Para entonces, según un relato de la investigadora Lucía Perdomo, muchas piezas valiosas habían sido partidas en pedacitos para que todos quedaran contentos.
Codicia, pillaje y "la falta de cultura del colombiano frente a su pasado", según afirma Mónica Therrien, directora del Patrimonio Arqueológico, impidieron que se preservara mayor número de piezas. Unos cuatro meses duró el saqueo de los tesoros de Malagana, de los que la muestra que se exhibe en el Museo del Oro apenas es indicio del ingenio, preciosismo y nivel con que los nativos trabajaron el metal y el barro siglo y medio antes de que los europeos llegaran a América.

                        Clemencia Plazas, directora del Museo del Oro, dice que aunque la muestra no puede considerarse como definitiva, se estimó "conveniente dar a conocer las piezas con el fin de evitar su salida del país". Paradójicamente la ley sólo penaliza la salida de obras del país pero no el vandalismo ni la destrucción o falta de previsión que pueda causar, por ejemplo, una obra de ingeniería. Aunque una primera comisión enviada en 1993 por el Instituto Colombiano de Antropología para realizar trabajos de rescate apenas pudo permanecer en el sitio diez días, por las amenazas de los saqueadores, la información que allegó fue valiosa y decisiva.
Ahora se sabe, por ejemplo, que la orfebrería de Malagana tiene en común con la las culturas Tolima y Calima ojos semicirculares en las figuras antropomorfas y zoomorfas y ojos saltones en las representaciones de aves.
También se han notado similitudes en la representación de animales como felinos, murciélagos y llamas, lo que hace pensar que las culturas precolombinas del suroeste de la actual Colombia, hacia los años 500 y 800 D.C. compartían creencias religiosas, formas sociales y comercio.
Este complejo cultural habría estado integrado por pobladores de las zonas arqueológicas de Ilama, Yotoco, Tumaco, Tierradentro, San Agustín y Tolima.
En cuanto a las técnicas de orfebrería de Malagana, la mayoría fueron martilladas y se habría utilizado, indistintamente, la fundición a la cera perdida, la soldadura por fusión, el dorado por oxidación y ensamblajes con clavos y alambres.

Sobre las máscaras ceremoniales, llama la atención de los investigadores la superposición de varias y, también el hecho de que hay alguna que "parece terminada a pesar de no tener rostro".
Ahora que ya hay 115 piezas de oro y 25 de cerámica debidamente clasificadas y registradas como pertenecientes a la cultura Malagana arqueólogos y antropólogos expresan su asombro por no haber intuido siquiera que ésta existiera.


Lo raro no es que en la fértil región se hubiera desarrollado un asentamiento de las características del de Malagana, porque geográfica y climáticamente había condiciones, sino que el lugar nunca hubiera sido contemplado como potencial interés arqueológico.





En los recientes cinco años hubo cuatro nuevos hallazgos de yacimientos arqueológicos sobre la cultura que habitó entre Palmira y El Cerrito hasta hace cerca de 1.500 años.

Si hubiese una máquina que permitiera retroceder 2.000 años en el tiempo, se podría viajar hacia el territorio que hoy comprenden los municipios de Palmira y El Cerrito, en el cual habitaba una cultura con rasgos particulares que dos milenios después fue conocida como Malagana. A los antiguos habitantes de este territorio el nombre les cayó en circunstancias accidentadas y penosas.



                        Hace doce años fue descubierto un cementerio indígena en la finca Malagana, en Palmira, que se convirtió en botín de guaqueros, profesionales o fortuitos, quienes saquearon ese sagrado recinto llevándose el abundante oro que había y sus piezas de cerámica para hacer comercio ilegal. Aún así, el infortunado suceso dejó al descubierto una especie de eslabón perdido y señaló un nuevo camino de investigación para arqueólogos e investigadores que se dieron a la tarea de explorar los vestigios dejados por la cultura hasta entonces desconocida.
Los investigadores constataron que se trataba de una cultura diferente de las hasta entonces estudiadas, que floreció entre el 500 antes de la Era Cristiana y 500 años después de la Era Cristiana. De lo que se ha encontrado hasta el momento se deduce que el territorio Malagana se extendía entre el río Bolo por el sur y el río Cerrito al norte, el cual estaba distribuido en dos grandes anillos concéntricos de unas 200 hectáreas, cuyos perímetros estaban limitados por un gran jarillón que demostraba importantes conocimientos de ingeniería.

                        Los malagana vieron un paisaje diferente del actual, pues lo que hoy se ve como una zona plana y seca, era entonces un territorio casi lacustre cruzado por caudalosos ríos e integrado por montículos sobre los cuales los indígenas construyeron sus viviendas, y formaron un gran poblado. Los asentamientos tenían hasta veinte casas rodeadas de zanjas, con las cuales controlaban los niveles de agua circundantes.

                        Cazaban en los alrededores y pescaban en los ríos y lagunas próximos, pero básicamente vivieron del cultivo de maíz, fríjol y yuca, que sembraban en pequeños claros que abrían en el monte, pues eran muy respetuosos con su entorno natural. También recolectaban frutos como guanábana, piña y palma.
Los habitantes de esta comunidad que practicó elaboradas ceremonias religiosas y tuvo en el culto a la muerte una de sus principales expresiones culturales, tenían una estatura que variaba entre los 1,60 metros para las mujeres y los 1,65 para los hombres. Aunque han encontrado restos de posibles guerreros que medían hasta los 1,80 metros.







Exploradores del pasado

Los malagana eran diestros alfareros y notables orífices. El oro lo trabajaron martillado, repujado, en filigrana e incluso conocieron técnicas avanzadas de fundición como la cera perdida. En sus obras artísticas también usaron piedras como cuarzo y obsidiana que eran traídas de la cordillera Central.
Toda esta información está contenida el trabajo que desarrollan en el Instituto para la Investigaciones Científicas del Valle del Cauca, Inciva, los antropólogos Sonia Blanco y Alexánder Clavijo Sánchez. Sus investigaciones han permitido los descubrimientos de cuatro yacimientos arqueológicos en terrenos del estadio del Deportivo Cali, la Hacienda La Cristalina, el Centro Comercial Llano Grande Plaza Shoping y el sector de Coronado, en Palmira. Todos son cementerios y, aunque presentan similitudes, cada uno tiene también características particulares.

Luego de los descubrimientos en la hacienda Malagana, el primer yacimiento arqueológico de esta cultura fue encontrado en 1.999 en el sector de Coronado, en Palmira, en donde fueron excavadas 164 tumbas: “En dos de ellas encontramos máscaras en cerámica que correspondían a individuos de un alto estatus social, pero la característica particular de este sitio radica en que las mujeres fueron tratadas mejor que los hombres en cuanto al ajuar que se les depositaba y aparecían en posición sedente, es decir semisentadas”, explicó Sonia Blanco.













Canibalismo ritual

En 2.000, fueron halladas 37 tumbas en terrenos que ocupará el estadio del Deportivo Cali: “La comunidad aborigen construyó alrededor del cementerio zanjas de drenaje y jarillones como un mecanismo de control y evacuación de aguas, lo cual les permitió usarlo por cerca de 500 años”, añadió la investigadora.
Allí mismo fueron halladas las primeras evidencias de canibalismo ritual, por lo pronto en el suroccidente del país y está por verificarse si también en Colombia: “De tres tumbas, una de ellas perteneciente a una chamana que estaba enterrada boca abajo, su ajuar consistía en huesos de otro humano labrados y utilizados como instrumento. En los otros dos casos encontramos esqueletos dispersos a los cuales les hace falta algunas partes y los cráneos tienen evidencias de haber sido raspados para ser consumidos”, explicó la antropóloga.
En los hallazgos de la Hacienda La Cristalina, tal vez su mayor peculiaridad es que se trata del primer cementerio de infantes encontrado hasta el momento: “De las 44 tumbas excavadas, 38 pertenecen a niños en graves condiciones físicas y su muerte obedeció a problemas de desnutrición, caries y parásitos”, dijo Sonia Blanco.
Este cementerio fue usado durante 300 años: “Pienso que, pese a su preocupación por los rituales funerarios, a los niños no se les trataba muy bien en ese aspecto, pues se les dejó muy poco ajuar”, dice la antropóloga.
Otra característica de este cementerio es la de que los indígenas dejaron una especie de lápidas para identificar las tumbas: “Se trata de túmulos en piedra, lo cual indicaba que allí había un entierro y se debía respetar ese espacio”.











La historia se reescribe

Estos hallazgos obligaron a revaluar conceptos establecidos en las investigaciones de las culturas prehispánicas. Según explicó Alexander Clavijo, las exploraciones antropológicas en el Valle del Cauca comenzaron en 1.936: “Llegaron legiones de investigadores quienes hicieron el descubrimiento de los primeros vestigios de la cultura denominada Bolo-Quebradaseca, una cultura tardía que existió entre 800 y 1.550 d.C. En ese entonces se pensaba que en la zona plana del Valle del Cauca no hubo culturas en periodos tempranos, es decir, en épocas correspondientes al año 1 de nuestra era, porque se presumía que ese territorio era lacustre en su mayor parte y, por consiguiente, poco apto para asentamientos humanos”.

Pero en los años 80 el investigador bogotano Julio César Cubillos, quien encontró evidencias de que en esa zona pudo vivir una comunidad ya en épocas tempranas: “Cubillos consideraba que esa cultura debió vivir en los montículos que había en la zona plana del Valle del Cauca y nos obsequió un artefacto roto que a su parecer era atípico de la cultura Bolo-Quebradaseca. Estas hipótesis fueron corroboradas con el hallazgo en la Hacienda Malagana”, contó Clavijo.
Por el medio ambiente sobre el que vivieron, algunos investigadores comparan la cultura Malagana con la Atlántida. “Ellos consideran que era prácticamente una comunidad acuática, pues se movilizaban a través de los ríos y canalones que ellos mismos construían. Ellos supieron adaptarse a las condiciones de un territorio pantanoso” , explica Sonia Blanco.
A pesar de tratarse de una cultura regional, no estaba aislada, pues mantuvo contacto con otras comunidades: “Los malagana fueron al Océano Pacífico a conseguir caracoles marinos, sal y pizarra, que eran valiosos para ellos”, al ser indispensables para sus rituales: “Los caracoles marinos estaban depositados en determinadas tumbas, lo mismo que la pizarra”, añadió.
El culto a la muerte era una de las principales preocupaciones de esta comunidad: “En muchos restos se encontró que los cuerpos tenían un cuarzo puesto en la boca, que rememora lo que hacían los romanos, cuando les ponían a sus muertos una moneda para que pagaron su paso al más allá. En Malagana al parecer también tenían ese concepto de la muerte como el de un viaje en el que se pasa a otro mundo”, dijo Sonia Blanco. Otro aspecto que resalta el respeto por la muerte es las tumbas mismas: “Ellos construían las tumbas con antelación a la muerte de las personas, pues de otra manera no se explica su complejo trabajo de ingeniería, que hoy es irrepetible, pues incluso los ingenieros actuales no se explican cómo pudieron hacerlas”.









Expertos alfareros

Entre los malagana había división del trabajo. Un poder central redistribuía los excedentes de guerra y había personas destinadas a actividades como la orfebrería y la alfarería: “En las familias había delimitación de funciones. Mientras los hombres estaban destinados a la cacería y la guerra, la cerámica y la cestería eran asunto de las mujeres. Incluso los niños cumplían algunas funciones. porque en las tumbas hay ajuares con pequeños objetos que parecen haber sido elaborados por menores”.
La alfarería malagana revela el estilo de vida de dicha comunidad. De acuerdo con las evidencias encontradas por los investigadores, los indígenas preferían elaborar figuras zoomorfas.
Estas manifestaciones están presentes en elementos como las alcarrazas, vasijas con dos boquillas, destinadas a usos rituales: “Es posible que fueran utilizadas para insuflar o para beber sustancias alucinógenas que producían en las personas efectos mágicos”, señala Clavijo.
Los colores característicos en la cerámica malagana son el rojo y el crema: “Las mujeres eran representadas sentadas y los hombres de pie, lo cual habla de los roles que desempeñaban ambos sexos. Mientras las mujeres se quedaban en sus hogares, los hombres se iban de caza”, agrega el investigador.
Con los hallazgos hechos hasta el momento, la Cultura Malagana deja grandes interrogantes a los investigadores: “Debido a las condiciones actuales del Valle del Cauca, cuyo territorio ha sido alterado en especial por la agroindustria, no se ha podido encontrar sitios de habitación de esta cultura. Además, debido a la remoción de la tierra los yacimientos arqueológicos aparecen mezclados con las de otras culturas tardías, como la Bolo-Quebradaseca, lo cual dificulta el análisis”, dijo Sonia Blanco.
Ante estas dificultades, aspectos como el origen y del destino final de esta civilización siguen en el misterio y sobre este aspecto hay contradicciones: “Hay quienes piensan que fueron una derivación de la cultura Ilama Yotoco sobre todo por la orfebrería. Sin embargo, considero que se trató de un desarrollo regional paralelo, pues obviamente debieron tener conexiones comerciales, como también las tuvieron con otras culturas”, expresa Sonia Blanco.
Tampoco hay claridad sobre el origen. En opinión de Sonia Blanco probablemente los Malagana llegaron a través del Valle del Magdalena: “Es posible que sean de origen muisca y para eso se está haciendo análisis genético, pues sus cráneos no se parecen a los indígenas que llegaron por el sur”.
Por su parte, Clavijo piensa que vinieron desde Centroamérica a través de la Costa Pacífica: “Infortunadamente es muy difícil encontrar las pruebas de este trayecto migratorio, pues el ambiente marino no permite la conservación de vestigios”.



























Aún así, otro paradigma que rompe los hallazgos en Malagana es la certeza que se tenía de que el origen de los antiguos vallecaucanos provenía de las culturas del sur del continente: “Lo que parece desprenderse es que en el interior del país hubo una serie de oleadas migratorias, pero que aún desconocemos cómo se dieron en detalle”, agregó Sonia Blanco.
La vida de estos lejanos antepasados sigue asombrando a los investigadores: “Uno se pregunta cómo esa gente pudo acondicionar un terreno anegado, como era la zona plana del Valle del Cauca en ese entonces y lograron darle un manejo al ecosistema”.
Otro interrogante se desprende del hecho de que los malagana se desplazaron hasta la Cordillera Central para traer tierra para construir los jarillones, en canastos y vasijas: “Cuánta gente necesitaron para hacer eso y cuánto tiempo les tomó. La otra pregunta es por qué sucumbieron, pues no tuvieron contacto con las culturas que posteriormente se asentaron en ese lugar”, se pregunta la investigadora.
La búsqueda sobre las huellas de Malagana prosigue: “Ahora estamos desarrollando un proyecto sobre la Cordillera Central para ver qué papel jugó ese ecosistema en el desarrollo de esta comunidad. Es posible que en esa zona haya existido otra cultura en la misma época”.
El brillo de la cultura Malagana sigue parpadeando entre las luces y sombras y sólo el tiempo y nuevos hallazgos podrán dejar en claro todo el esplendor de estos ilustres antepasados del Valle del Cauca. Pero es una carrera contra el tiempo, los saqueadores, los intereses económicos y contra la falta de conciencia histórica.

Ricardo Moncada Esquivel, redactor de GACETA. Fotografía: Áymer Álvarez e Inciva





























                        Sin embargo, estos hallazgos permiten afirmar que se trata un cacicazgo importante en el sur occidente colombiano que tuvo su periodo de mayor auge y desarrollo durante los primeros siglos de la era cristiana. Las excavaciones arqueológicas indican que existieron por lo menos dos ocupaciones humanas anteriores y una posterior a la malagana en el río Bolo, todas ellas relacionadas con los periodos calima (ilama, yotoco y sonso).
En ese sentido, la aparición de los malagana en el periodo comprendido entre los años 70 y 140 D.C, lapso inscrito en el periodo de existencia de los calimas, es un punto de quiebre respecto a quienes consideran a la cultura calima como propia de un territorio y la circunscriben estrictamente a la región que le da su nombre (estribaciones media y alta de la cordillera occidental en la zona centro del departamento del Valle del Cauca, abarcando los municipio de Restrepo, El Calima –Darién, Yotoco y Vijes.).





Los vestigios malagana muestran que las técnicas y estilo de estos pobladores presentan ciertas similitudes, en cuanto a forma y simbología, con el suroccidente precolombino, es decir, con las culturas Calima, San Agustín, Tierradentro, Tolima, Quimbaya, Tumaco y Nariño; lo que sugiere que los malagana participaron en un intercambio cultural que se manifestó justo en el momento de mayor complejidad social y política, con un esplendor tecnológico y artístico que perduró durante el primer milenio de la era cristiana.

La producción orfebre de los malagana, caracterizada por el trabajo sobre láminas de oro de buena ley, el tamaño de las piezas y los usos para los cuales fueron diseñadas, concuerdan con la producción del periodo yotoco – calima. Estos pobladores practicaron las técnicas del martillado de láminas gruesas de oro para convertirlas en máscaras rituales y funerarias.

                        También practicaron el enchape de láminas de oro sobre trozos de madera o hueso, el repujado, la soldadura por fusión o frotamiento y la cera perdida, recubierta con molde de barro, que al someterse al calor se derretía dando paso al oro fundido que quedaba al descubierto después de romper el molde.
En cuanto a la producción cerámica, esta se caracteriza por ser fina y pulida; sobresalen las ocarinas, cántaros para la recolección y almacenamiento de líquidos y las alcarrazas, vasijas de cuerpo globular con doble vertedera y asa puente. Predominan los colores blanco y terracota.

Fuente: Sistema Nacional de Información Cultural







Entre 1.992 y 1.994 fueron encontrados los primeros objetos que evidencian la existencia de estos antiguos pobladores. El descubrimiento fue accidental y en poco tiempo la noticia de guacas en la zona, se difundió atrayendo muchos curiosos, guaqueros y saqueadores que, sin control alguno, extrajeron todo tipo de vestigios de los tesoros malagana, dejando desprovistos a los hombres y mujeres de ciencia de una valiosa información para la reconstrucción social y organizativa de estos pueblos.

La formación de las tribus indígenas encontradas por los conquistadores a su llegada al Continente americano fue un proceso que consumió milenios. Formáronse así las tribus que miles de años más tarde llegaron a establecer en el año 2.500 ac., en lo que hoy es el Municipio de Palmira, asentamientos como el de MALAGANA, prodigiosa manifestación de cerámica, orfebrería y comercio indígenas, que los conquistadores nunca sospecharon encontrar y jamás encontraron 4.000 años después, cuando Juan de Ampudia avisoró el Valle del Cauca en las cabeceras de Jamundí en el año 1.536 dc.







Para ignominia de las generaciones actuales, éstas sí las encontraron en plena era de la cibernética. Pero fueron por desgracia, unos bárbaros de saco y corbata del olimpo financiero y casas extranjeras, venidos de todas partes, quienes con otros de la misma ralea, armados de pala y barretón, la saqueraon y destruyeron en el Santuario Arqueológico de Malagana hace diez años.

Ha sido estimado por recientes estudios, como los del Arqueólogo Carlos Armando Rodríguez, que en el área del Valle del Cauca, a la llegada de los españoles existían alrededor de 60 cacicazgos, los cuales regían a un número abundante de tribus establecidas en la planice y parte cordillerana de la región vallecaucana.
                        El área de lo que actualmente pertenece a la jurisdicción de Palmira estaba habitada por los Chinches, Auguíes, Capacarís, Guacaríes y Anaponimas.



Tribus cazadoras y recolectoras, habitantes de una selva espesa y cenagosa, donde conseguían lo elemental para su supervivencia.
Perfectamente adaptados al medio, con su sistema inmunológico en condiciones adecuadas para enfrentar el ataque de enfermedades y parasitismos tropicales, pero no para las que los europeos les traerían más adelante.
Practicaban una agricultura rudimentaria. Conocían los ciclos agrícolas, el uso del suelo, lugares de siembra, las estaciones y ciclos de lluvias. Cultivaban el maíz, fríjol, yuca y ahuyama.

                        Las diversas tribus se encontraban establecidas en su mayoría, principalmente en las estribaciones de la Cordillera Central y Occidental. Buscaban con ello un mejor clima, en terrenos ondulados sin inconvenientes que representaban los suelos de la zona plana, por lo general inundables y cubiertos con espesos guadales y selvas impenetrables.



Las tribus del piedemonte se constituían en mayor número a las establecidas en la planicie y entre estas últimas estaban las aposentadas en lo que hoy es el Municipio de Palmira.

Lugares como Coronado, Santa Bárbara, Malagana, Palmaseca éste último sitio donde se levanta el moderno estadio de fútbol del Club Deportivo Cali, fueron los lugares postreros de las última tribus y cacicazgos a la llegada de los eropeos en la Conquista.
Allí practicaban la recolección de caimos, piñas, mameyes, guanábanas y guayabas, complementados con la pesca y la caza de diversidad de mamíferos y de aves en abundancia, complemento natural de su dieta alimenticia.



    ADN de los primeros habitantes de América  * PDF

































GALERÍA




Alcarraza antropozoomorfa Malagana

Alcarraza de cuatro esferas * Cultura Malagana

Alcazarra Malagana

Alcarraza en forma de armadillo

Colgante zoomorfo

Diadema decorada

Vasija de dos cuerpos

Máscara funeraria

Diadema Calima Yotoco-Malagana 100 a.C.-a 0 d.C.

Nariguera Calima Yotoco Malagana 100 a.C. – a = d.C.

Caracol enchapado

Caracol enchapado con lámina de Oro martillada 300 ac ~ 1.200 dc

Colgante de brazalete con Cangrejo

Nariguera Malagana

Situación intermediaria de hibridación entre humano y felino





























Nuestro reconocimiento de gratitud a
"María Virginia Storino Palacio por su aportación del libro "Historia de Palmira"
* "Museo del Oro - Banco de la República"
* "Sistema Nacional de Información Cultural"
* "Ricardo Moncada Esquivel, redactor de GACETA"
* "María Isabel García"

Permitiendo acceder a la información y documentación
en la que se ha fundamentado ésta página.

Una WEB con fascinante temática y cibertecnología, que expone la cultura de un pueblo,
arcaico y precolombino... los bellos y paradisíacos lugares de su asentamiento.
Una de las raíces de la población colombiana.
Esta es la CULTURA...


"Precolombina   MALAGANA"









© 2017 NelsonWeb España UE.