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Índice

Los Orígenes
Los Tairona
La Conquista
Los Kogi - Los I j k a
La Ciudad Perdida

Los Orígenes





La llegada del hombre al territorio de la actual Colombia debió de ocurrir en el pleistoceno 20.000 - 10.000 AC., un período extremadamente seco, que coincidió con una época de máxima glaciación, en la cual bajó el nivel del mar, incrementándose la vegetación de sabana.

Los vestigios arqueológicos del primer hombre en Colombia aparecen en los abrigos rocosos del Abra, en el Altiplano de Cundinamarca 10.500 AC. El Abra provee la secuencia precerámica más completa de Suramérica.

Gradualmente nuestros antepasados fueron adaptándose a habitats cada vez más limitados; al profundizar en sus mecanismos de adaptación, multiplicaron, diversificaron y especializaron sus armas y herramientas.

Esta mayor especialización en la explotación del entorno, generó cambios cualitativos; hace 5.000 años los habitantes del litoral y de las zonas bajas tropicales tendían ya a la sedentarización.


Puerto Hormiga sobre el Canal del Dique, donde aparece la primera cerámica en América, es el sitio arqueológico más representativo de esta nueva etapa.

Allí se encuentran diversidad de vestigios compuestos por grandes acumulaciones de conchas marinas desechadas junto con otros desperdicios que, como útiles de piedra y hueso, componían los elementos utilitarios de los habitantes del sitio.

Pero sin duda, la cerámica constituyó la más interesante innovación de esta época.

El desarrollo de la cerámica y de la vida en concheros comprende los siguientes 2.000 años de la prehistoria colombiana.



                Durante el segundo milenio AC., un pueblo que llegó a manifestaciones culturales y alfareras más complejas, generó formas de vida estable : Los yacimientos de Malambo aportan un abundante material arqueológico donde sobresalen el plato circular de cerámica, o "budare", en el cual se cocía el casabe, es decir la tortas de yuca tóxica, comestible sólo después de ser sometida a una cuidadosa deshidratación; además, la variedad de formas y usos de la alfarería y de las herramientas líticas, sugiere una transformación gradual del modo de subsistencia a partir de la recolección de moluscos, hasta una marcada dependencia de alimentos vegetales.

Con la introducción de estos nuevos avances, las poblaciones moradoras de la región del Caribe fueron profundamente transformadas en sus modos de vida: el aumento de la productividad generó un natural aumento demográfico y una notable diversificación de actividades, lo que se expresaba en el aumento de elementos de la cultura material.

Pero uno de los cambios más interesantes observados entre las comunidades sedentarias de la costa, es la introducción del cultivo del maíz, que sucederá al cultivo de la yuca.
Este nuevo producto permite a muchas poblaciones conquistar otros entornos y distanciarse gradualmente del ambiente fluvial.










El cultivo del maíz, práctica aceptada por numerosas comunidades, aventajaba al cultivo de la yuca, en cuanto los excedentes eran almacenables por largos períodos de tiempo, lo que a su vez permitió desprenderse de las regiones lacustres y fluviales para empezar un desplazamiento hacia las cordilleras.

El maíz requería, sin embargo, de un notable incremento en el trabajo comunal, para su siembra y cosecha, lo que significó la asociación para el cultivo, y por consiguiente, el aumento de la densidad demográfica.













Hacia los inicios de nuestra Era, una densa y permanente población se albergó en las hoyas de los ríos Ranchería y Cesar, sobre las estribaciones surorientales de la Sierra Nevada de Santa Marta.

Esta población representa la secuencia de una misma cultura arqueológica que perduró durante más de 1.000 años y fue, posteriormente, desplazada por los portadores de una cultura representada por la face Portacelli, cuya tradición sobrevivió hasta el arribo de los españoles.

                                La disponibilidad de recursos marítimos, lacustres y fluviales, junto con la posibilidad de experimentación agrícola en los valles de los ríos, conforma el patrón inicial de los asentamientos en la Sierra Nevada.

Allí se encuentra suficiente deposición cultural para sugerir una ocupación entre los 500 y 700 DC., en montículos y lugares de habitación cerca del río Buritica y dispersos a lo largo de la Quebrada María, al igual que en los sitios de Nehuange, Pueblito, Bonda y Mamatoco.

Los desarrollos culturales derivados de la introduccioón de maíz, la expansión de los aborígenes hacia otras regiones, la existencia de escedentes y la especialización de labores, generan posteriormente complejos socioculturales, como es el caso de la Sierra Nevada de Santa Marta.







Período Nahuange

El noroccidente de la Sierra Nevada de Santa Marta fue habitado por grupos de orfebres, artesanos y constructores durante los períodos Nahuange y Tairona. Una tumba excavada en la bahía de Nahuange en 1922 permitió identificar la orfebrería de este nombre, caracterizada por el martillado de narigueras y pectorales en aleaciones de cobre y oro. Desde 200 DC. la gente del período Nahuange vivía de la pesca y la agricultura en aldeas cerca del mar.
En el período Tairona, de 900 DC. a 1600 DC., se colonizaron además las montañas y se construyeron ciudades sobre cimientos de piedra conectadas por caminos. En 1514 el cronista Gonzalo Fernández de Oviedo escribía que los indígenas de Santa Marta "tenían joyas de oro, penachos de pluma y mantas con muchas pinturas, y en ellas muchas piedras cornalinas, esmeraldas y casidonias y jaspes y otras". Máscaras, además de adornos, servían para transformarse en hombre-murciélago, el motivo más emblemático del período Tairona. El ave en vuelo fue un símbolo del poder compartido con otros grupos de lenguas chibchas.

El noroccidente de la Sierra Nevada de Santa Marta, al norte de Colombia, fue habitado desde el año 200 d.C. hasta la Conquista por agricultores y artesanos de la piedra y el metal que aprovecharon los recursos disponibles desde el mar hasta las nieves perpetuas. Inicialmente asentados en el litoral, se expandieron luego hacia las zonas altas donde construyeron ciudades de piedra. Su historia prehispánica comprende los períodos Nahuange y Tairona. Actualmente habitan allí los koguis, wiwas, ikas y kankuamos. Las primeras comunidades de orfebres, agricultores y pescadores que habitaron las costas de las vertientes norte y occidental de la Sierra Nevada de Santa Marta explotaban diversos recursos del mar, la playa, las ciénagas, ríos y montes aledaños, además de cultivar maíz y otros productos. Desde 200 DC. fueron expertos orfebres y hábiles artesanos de la talla de conchas y piedras semipreciosas. En recipientes cerámicos y en colgantes o pectorales de concha, piedra o metal, representaron de forma realista mujeres, aves y felinos. Las ranas y los lagartos repujados en láminas de metal muestran cierta esquematización.

                                La escena de señores principales o héroes míticos llevados en andas por personajes auxiliares fue plasmada en diversos pectorales. Personajes adornados con pectorales de aves y penachos se relacionan con el sol y con serpientes de dos cabezas que los sostienen. En la orfebrería Nahuange sobresalen las piezas martilladas en aleación de cobre y oro, denominada tumbaga. Tienen superficies muy pulidas, muchas de llamativas tonalidades rojizas. Puntos, círculos, triángulos, animales esquemáticos y serpientes de dos cabezas se combinan en motivos decorativos que adornan narigueras y pectorales emblemáticos.

En excavaciones arqueológicas realizadas por Alden Mason en 1922 en la bahía de Nahuange se halló una sepultura construida con lajas de piedra que fue importante para definir el estilo de orfebrería Nahuange. La tumba incluía objetos similares a los expuestos en la reconstrucción museográfica realizada en el Museo del Oro, y que hoy se preservan en el museo Field de Chicago. Uno de los colgantes metálicos de la tumba, una figura femenina, contenía carbón que fue fechado en 310 DC.
Gracias a que un profesional registró cuidadosamente esta asociación de objetos de orfebrería, cerámica, piedra y concha, los arqueólogos pudieron identificar el tipo de adornos y utensilios usados durante el período al que denominaron con el nombre de la bahía. Hacia el año 900 d.C. la forma de vida del período Nahuange cambia y se da inicio a lo que se denomina período Tairona.





TERRITORIO

El origen de las poblaciones del período Nahuange es todavía una incógnita. En la región no se han encontrado sitios antiguos de grupos de cazadores y recolectores sin cerámica anteriores al 3000 AC.
Existen indicios aislados de que grupos de agricultores asentados principalmente en la región del Bajo Magdalena hacia el primer milenio antes de Cristo, tuvieron algunas de sus aldeas en inmediaciones a la Ciénaga Grande de Santa Marta. Sin embargo, hasta el momento se desconoce si existió algún tipo de relación entre la gente de estas ocupaciones tempranas y la del período Nahuange, iniciado hacia el 200 DC.

Parece que hacia el 200 DC. pequeñas comunidades de orfebres, agricultores y pescadores estaban instaladas en las zonas costeras de la vertiente norte y occidental de la Sierra Nevada de Santa Marta, y aún en cercanías de la Ciénaga Grande. Los principales sitios investigados hasta el momento se encuentran en la parte baja de los ríos Córdoba y Gaira, en las bahías que conforman el Parque Nacional Natural Tairona y en la desembocadura del río Buritaca. En estas zonas construyeron aldeas en partes elevadas cerca del mar, aunque casi siempre en las riberas de los numerosos ríos y quebradas que bajan de las cumbres montañosas. El poblamiento del litoral sugiere que explotaron la amplia variedad de recursos disponibles mar adentro, en la playa, y en las ciénagas, ríos y montes aledaños, que fueron complemento de una dieta basada en productos cultivados. Desde un punto de vista económico y ecológico, el litoral de la Sierra Nevada de Santa Marta no es completamente uniforme y por consiguiente tampoco lo fue la forma de subsistencia de estos grupos.





En las bahías de la vertiente norte y en la parte baja del río Gaira, la gente se adaptó a condiciones diferentes durante largo tiempo. En épocas anteriores al 500 DC., los alrededores de la actual población de Gaira eran un extenso manglar dominado por mangle rojo (Rizophora mangle). El nivel del mar se hallaba a poco más de un metro por encima de su nivel actual, y sus habitantes explotaban recursos propios de estos ambientes. Diversas especies de peces, cangrejos y moluscos formaron parte de la dieta. Hacia el 500 DC., cambios climáticos a nivel continental produjeron un descenso en el nivel del mar que tuvo como consecuencia inmediata la desaparición de los manglares, con efectos probablemente catastróficos para las poblaciones que dependían en buena medida de estos recursos. Como respuesta, los grupos humanos tuvieron que reorientar sus estrategias de subsistencia, y poco a poco desarrollaron una economía dependiente de la agricultura en los fértiles suelos del valle del río Gaira.



En las bahías de la vertiente norte de la Sierra Nevada no se conocen los efectos del descenso de las aguas marinas, aunque es probable que no hayan sido tan drásticos como en Gaira. Esta vertiente se caracteriza por un relieve abrupto y una amplia variedad ecológica en un área relativamente pequeña. Durante el período Nahuange, la mayoría de las bahías fueron ocupadas por grupos dedicados a explotar los diferentes recursos disponibles. El potencial agrícola de las bahías de Cinto y Gairaca fue seguramente aprovechado para sembrar maíz y otros cultivos, mientras en Chengue, la poca profundidad de la ensenada, permitió la explotación de salinas marítimas aunque la sequía reinante imposibilitó la agricultura. Parece que el mayor potencial de estas bahías fue la pesca en mar abierto. Los arqueólogos han encontrado huesos de peces y pesas de redes utilizadas en estas faenas.

                              En la bahía de Cinto, por ejemplo, en los basureros de este período sólo se han encontrado partes de cuerpo de peces que probablemente eran descabezados en la playa y después conservados como pescado seco. De esta forma, el transporte e intercambio del producto era más fácil. Ello prueba que el intercambio entre comunidades asentadas en distintas zonas ecológicas fue una estrategia utilizada durante el período temprano. Huesos de venados, conejos y zainos, tortugas y conchas de moluscos, también son indicadores de la diversificada economía que existió durante este período.

















Escribanos, clérigos y soldados que tomaron parte en la Conquista dejaron admirables testimonios acerca de los territorios recién descubiertos. En los documentos es evidente la visión europea sobre los pobladores americanos y también la perplejidad ante las cosas nuevas que estimularon las fantasías sobre el paraíso terrenal. Así lo deja advertir la descripción del cronista Fray Pedro Simón (1574–1628?) sobre el valle de la Caldera, en la vertiente norte de la Sierra Nevada de Santa Marta, cuya ubicación exacta, sin embargo, nunca ha podido ser establecida:

«Y porque si hay algún paraíso terreno en estas tierras de indios, parece ser éste… que le pusieron ahora estos dos nombres los nuestros, Caldera y Valle de San Marcos. Está todo coronado de altas cumbres desde donde hasta lo hondo habrá ocho leguas, por partes menos, todas sus cuchillas quebradas de dulcísimas aguas de oro (que como culebras de cristal se deslizan de sus cumbres hasta lo profundo del valle), espaldas y amagamientos poblados de crecidos pueblos de indios que se veían todos de todas partes de sus laderas con agradable vista, los más de mil casas grandes que habría, que en cada una vivía una parentela. Pero lo que más deleitaba la vista, era sus muchas plantas de raíces y maíces, batatas, yucas, ñames, auyamas, ajíes, algodonales y las arboledas casi todas frutales, ciertos manzanos, guamos, guáimaros, mamones, guayabos, ciruelos, curos, piñones, plátanos y otros muchos fructíferos, y de madera para sus casas y quemar en los bohíos del diablo, donde […] ardía fuego toda la vida, de leña olorosa, que tenían estos caneyes y otros en que guardaban sus joyas, plumas y mantas y donde hacían sus fiestas y bailes de extraña grandeza […], limpieza y curiosidad, como la tenían en los patios enlosados de grandísimas y pulidas piedras, con sus asientos de lo mismo, como también los caminos de lajas de a tercia.
En cierto pueblo había una escalera bien labrada de seis a siete escalones de vara de alto, y otra angosta por medio para subir a ésta, donde se ponían a ver las fiestas que se hacían abajo en un extendido y bien losado patio. Hablo a las veces de pretérito y otras de presente, porque estas cosas algunas permanecen, y de otras no hay rastro»





«Levántase sobre todo encarecimiento la gala, limpieza y curiosidad de estos naturales, las mantas pintadas de colores varios en el telar. No había indio ni mujer que no tuviese terno de joyas, orejeras, gargantillas, coronas, bezotes, moquillos de oro fino, pedrerías finas y bien labradas, sartas de cuentas.
Las muchachas todas traían al cuello cuatro o seis moquillos de oro, de peso de a doce a quince castellanos. Su vestido ordinario son dos mantas de algodón pintadas; cuando caminan, llevan abanicos de pluma y palma. En las quebradas tenían hechos a mano albercones para bañarse»

«Eran tantas y tan curiosas las cosas de plumería, que no se pueden decir: capas como mucetas, rosas, flores, clavelinas, abanicos, aventadores, vestidos, justillos cubiertos de pluma, mohanes grandes cubiertos de lo mismo y otros de pedrería, bonetes forrados de cocuyos, vestidos de pellejo de tigre. Criaban papagayos, guacamayos y tominejos, para sólo la pluma, que les pelaban cada año. Otros matan con cerbatanas y sutiles flechas para lo mismo…»

«…Ellas hilaban aprisa y muy delgado, y ellos tejían despacio y muy curioso. Decía un soldado que había visto un colmenar en aquel valle de más de ochenta mil colmenas, y era que las casas eran diez mil, y en cada una había de diez para arriba.
Eran unas ollas grandes o múcuras donde hacían su miel muy dulce, por ser de flor de guamos, unas abejas pequeñuelas, no en panales, sino en bolsas grandes de cera y olía a la flor. Los pueblos serían como doscientos y cincuenta y los más obedecían a un cacique llamado Guacanaoma, aunque no había ninguno que no tuviese cacique o mohán. Y al fin, en toda la Caldera todo era fiestas, bailes, limpieza, delicia y ociosidad…».



[Simón, Fray Pedro. /1626/ 1981. Noticias Historiales de las Conquistas de Tierra Firme en las Indias Occidentales.
Tomo VI. Capítulo XIII:285–86. Bogotá: Biblioteca Banco Popular]

Durante las primeras décadas del siglo XVI, la Sierra Nevada de Santa Marta fue para los españoles un hito geográfico, un gran macizo montañoso que anunciaba Tierra Firme. En las playas vecinas, los conquistadores podían aprovisionarse de agua dulce proveniente de los caudalosos ríos que descienden de las cumbres nevadas y tomar frutas y alimentos de los que cultivaban los indios.

                                El primer contacto de los conquistadores españoles con los pobladores de la costa cercana a las estribaciones de la Sierra Nevada se efectuó en el año 1501, cuando el capitán Rodrigo de Bastidas desembarcó en la playa de Gaira, cerca de donde posteriormente fundó la ciudad de Santa Marta. Allí negoció con los indios oro y perlas a cambio de baratijas.

Desde entonces, esa parte de la costa Norte de Colombia fue visitada sucesivamente por carabelas que zarpaban de Santo Domingo en busca de esclavos y oro. En esos primeros años del contacto el tráfico de esclavos fue intenso entre las Antillas y las costas recién descubiertas.







Período Tairona

En los afilados contrafuertes y los valles profundos cubiertos de bosque de la esquina noroccidental de la Sierra Nevada, la gente del período Tairona levantó ciudades sobre cimientos de piedra, caminos enlozados y drenajes. En terrazas de cultivo escalonadas cultivaron maíz, yuca y aguacate. Una orfebrería recargada en adornos distinguía a los caciques, dotados de poder político y religioso. Colgantes y pectorales en forma de aves con alas desplegadas demuestran la continuidad de algunas ideas del pensamiento simbólico de estas sociedades desde el período Nahuange hasta la Conquista.

Los Taironas resistieron la Conquista con guerras que duraron más de 75 años. Varios cronistas españoles los conocieron y escribieron maravillados relatos y descripciones. Fray Pedro de Aguado relató en 1573:

“Traen sus personas muy adornadas con piezas y joyas de oro.
Los varones traen orejeras y caricuríes puestos en las narices y grandes chagualas en los pechos.
Al cuello muchos géneros de cuentas…
Las mujeres casi traen las propias joyas que los varones”.


En 1514 el cronista Gonzalo Fernández de Oviedo escribía asimismo que los indígenas de Santa Marta … “tenían joyas de oro, penachos de pluma y mantas con muchas pinturas entretejidas, y en ellas muchas piedras cornalinas, … esmeraldas y casidonias y jaspes y otras”.







Durante el período Tairona los destinos de la comunidad eran regidos por una poderosa élite de chamanes que decían tener control sobre las fuerzas esenciales de la naturaleza, el ordenamiento del cosmos y las acciones humanas. Eran los encargados de velar por el bienestar material y espiritual de la comunidad. En múltiples objetos se los ve representados en el trance de la transformación, como en la emblemática figura del hombre-murciélago, señor de la noche y el inframundo.

La figura del hombre transformado en murciélago puede verse en pectorales, colgantes y campanas metálicas, en remates de bastón tallados en hueso y en objetos de cerámica.
Pero también se encuentran en las tumbas de los personajes importantes del período Tairona los atuendos que les servían para simbolizar esta transformación. Los adornos de sus viseras metálicas aludían a las membranas internas o tragus de la oreja del animal; las narigueras cilíndricas levantaban la nariz como la hoja nasal de algunas especies y los adornos sublabiales imitaban las carnosidades de su labio inferior.







Durante el ritual se recreaba la historia mítica de la sociedad. En un ambiente especial, y gracias a las sustancias enteógenas, los participantes se transformaban en los ancestros míticos para mediar por el equilibrio del universo. En ceremonias de ofrenda o pagamento fueron depositadas piedras talladas y otros objetos dentro de templos, viviendas, caminos, cultivos o lagunas, con propósitos de fertilidad y curación de enfermedades o para obtener protección para la familia y la comunidad.







                                Los grupos tardíos de la Sierra Nevada, de lengua chibcha, tenían conceptos y creencias comunes con otras sociedades de la misma familia lingüística. Con los habitantes de la Cordillera Oriental compartieron el símbolo e ideología del ave con alas desplegadas y el sentido de las ofrendas.

En 1526, Rodrigo de Bastidas, quien fuera nombrado cinco años antes por el Consejo de Indias, gobernador y adelantado de la región comprendida entre el cabo de la Vela y la desembocadura del río Magdalena, llegó de nuevo a la bahía de Santa Marta con la obligación de fundar una ciudad, como en efecto lo hizo, bautizándola con el mismo nombre de la bahía. Poco después inició la exploración de los alrededores de Santa Marta con el fin de establecer contactos pacíficos con los indígenas. Hasta esos momentos, a pesar de la resistencia que dieron los indígenas, sólo se habían realizado algunos encuentros armados. Para Bastidas era preferible una conquista pacífica y su intención era convertir su fundación en centro de intercambio comercial, manteniendo en lo posible intacto el sistema de producción indígena. Era el primer paso para dominar a los habitantes nativos de la Sierra.



En la región que abarcaba la Gobernación, integrada por las provincias de Santa Marta, Río Hacha, Chimila, Tamalameque y Ocaña, se pueden distinguir zonas ecológicas diferentes como la Sierra Nevada de Santa Marta, la franja costera, las llanuras al occidente y sur de la Sierra, los desiertos de la Guajira, la serranía de Perijá, lagunas y esteros en el valle del río magdalena y la ciénaga Grande de Santa Marta.

El modo de vida de la gente que poblaba esta región al momento de la conquista española, estuvo influido por este paisaje y los seres humanos se adaptaron a él, llegando incluso a transformarlo como lo atestiguan las evidencias arqueológicas y las referencias históricas. En la región se encontraban a comienzos del siglo XVI grupos étnicos diferenciados por lengua, organización socio-política y cultura, algunos de los cuales basaban su subsistencia en actividades agrícolas (los taironas, los aruacos, los caonao, (por mencionar algunos), otros combinaban la agricultura con la pesca (los malibúes del río Magdalena y, otros, dependía mas de la pesca e intercambiaban productos agrícolas (los indios de Ciénaga). Las diferencias y la diversidad étnica, no constituían barreras, y el intercambio, ya fuese ritual o de productos, era una manifestación activa de las relaciones interétnicas. Las relaciones no siempre eran simétricas y, en ocasiones, podían derivar en situaciones conflictivas como disputas o guerras.

                                Ea forma como los indios reaccionaron a la expansión de la frontera colonial fue diferente y, después del sometimiento por la fuerza, de la implantación de la figura del "reparto" de indios primero y posteriormente de la "encomienda", fue determinante la fundación de ciudades y villas de españoles para ejercer el control de los espacios dominados.


En la Gobernación de Santa Marta, durante el siglo XVI se observa como se expandió lentamente la frontera colonial y el papel que desempeñaron los núcleos urbanos de españoles en la consolidación de la conquista. Tal es el caso de Santa Marta (1525), Nueva Salamanca de la Ramada (1561), Río Hacha (1545), Valle de Upar (1550), Tenerife (1534), Tamalameque (1561) y Ocaña (1572). Los contornos del espacio que controlaban las ciudades y villas eran necesariamente una "frontera",si ésta, a su vez, no alcanzaba a estar bajo la influencia de otro núcleo urbano (Colmenares, 1975). Esta situación se ve claramente en la región que nos ocupa e incidió en que espacios que no lograron ser controlados por las ciudades se convirtieran en zonas de refugio de indios, zonas a donde huían los indios de las encomiendas. Tal es el caso del llamado territorio de los chimilas durante los siglos XVI y XVII, las estribaciones medias y altas de la Sierra Nevada y la serranía de Perijá.

Los lazos que unían las ciudades con el espacio rural eran muy débiles y se hacía imperioso controlar un espacio y dentro de él unos indios para asegurar el sustento de la población de españoles. La relación que se establecía era asimétrica y se exigía el producto de las economías agrícolas de los pueblos sometidos, para asegurar la upervivencia del español.

Las expediciones de conquista que se originaron desde Santa Marta tuvieron diferente carácter según las intenciones que traían los gobernadores. Entre ellos hubo individuos que quisieron subyugar la región a la fuerza, así como otros que asumieron una actitud pacífica con las comunidades, evitando los encuentros armados.
Después de un siglo en que alternaron fases de relativa calma con irrupciones bélicas, hambre y desolación, común a la población aborigen y a los españoles, en el año 1600 la resistencia organizada que dieron principalmente los grupos indígenas de las vertientes norte y occidental de la Sierra, entre ellos los taironas, fue resquebrajada por los conquistadores españoles, quienes incendiaron y destruyeron sus principales poblaciones y zonas de producción agrícola, y apresaron, desterraron o ajusticiaron a sus dirigentes.

                                Después de la declinación física y moral de los taironas, no hubo una colonización inmediata de la Sierra Nevada. En consecuencia las tierras medias y altas de la Sierra se convirtieron en lugares de refugio de aquellos indígenas que sobrevivieron a los cruentos sucesos de finales del siglo XVI. En los años siguientes, la selva invadió zonas antes densamente pobladas, constituyendo una barrera natural que favoreció la supervivencia física y cultural de algunos grupos hasta nuestros días. Entre ellos se cuentan : los Kogui, los Ijka y los Sanká

De esta época incierta y difícil han quedado relatos de cronistas que tomaron parte en la conquista y estuvieron personalmente en Santa Marta como Gonzalo Fernández de Oviedo y Valdés y Juan de Castellanos. A través de la lectura de estos documentos nos podemos aproximar a aspectos generales sobre la cultura de los indígenas, el patrón de poblamiento, sus bases de subsistencia, su forma de gobierno y algunas de sus costumbres. Aspectos que en el convulsionado transcurso del siglo XVI fueron objeto de transformaciones y de adaptaciones a un nuevo orden.

De otra parte, para acercarse a una mirada en el tiempo anterior a la llegada de los españoles, disponemos de las posibilidades que nos brinda la arqueología, por medio del estudio de las huellas dejadas por el hombre en el paisaje y de sus vestigios culturales no perecederos. El uso de técnicas específicas para recuperar estas evidencias como la fotografía aérea, los reconocimientos regionales y las excavaciones de los lugares de vivienda y de enterramiento, permite conocer el modo de vida de la gente, su permanencia en una región y quizá los vínculos que tenían con otra gente próxima y lejana.



Pobladores antiguos de la Sierra Nevada de Santa Marta       Ana María Groot (Universidad Nacional de Colombia)

GLOSARIO

Simón, Fray Pedro
Cronista y clérigo español (1574, San Lorenzo de la Parrilla) de la orden de los Franciscanos, autor de las Noticias Historiales de las Conquistas de Tierra Firme en las Indias Occidentales, extensa obra que narra los sucesos de la conquista e inicios de la colonia en los territorios de las actuales repúblicas de Colombia y Venezuela. Falleció en Ubaté (Colombia) hacia 1628.

Bohío del Diablo
Denominación dada por los españoles a los templos o casas ceremoniales indígenas, que durante la conquista y buena parte de la colonia, fueron perseguidas por las autoridades civiles y eclesiásticas.

Caney
Palabra indígena de origen taíno, que significa “cobertizo con techo de palma o paja, sin paredes y sostenido por horcones”. Fue ampliamente utilizado por los españoles para describir la forma de las viviendas indígenas.

Castellano
Cincuentava parte del marco oro, equivalente a ocho tomines o a unos 46 decigramos; el marco equivalía a un peso de media libra, o 230 gramos, que se usaba para el oro y la plata. El del oro se dividía en 50 castellanos, y el de la plata en 8 onzas. (DRAE)

Justillo
Prenda interior sin mangas, que ciñe el cuerpo y no baja de la cintura. (DRAE)

Legua
medida itineraria, variable según los países o regiones, definida por el camino que regularmente se anda en una hora, y que en el antiguo sistema español equivalía a unos 5.572 metros.

Mohán
Nombre con el cual los españoles llamaron en diversas partes de América a los sacerdotes o chamanes indígenas.

Muceta
Esclavina que cubre el pecho y la espalda, y que, abotonada por delante, usan como señal de su dignidad los prelados, doctores, licenciados y ciertos eclesiásticos. Suele ser de seda, pero se hacen algunas de pieles. (DRAE)

Tercio
Tercera parte de una vara. (DRAE)

Vara
Medida de longitud que se usaba en distintas regiones de España con valores diferentes, que oscilaban entre 768 y 912 milímetros.(DRAE)




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Imágenes Tairona :
- Hombre sentado con Ornamentos    - Colgante antro-zoomorfo.




Nuestro reconocimiento de gratitud los autores del Libro
"La Sierra Nevada de Santa Marta" :
Carlos Castaño Uribe, Juan Mª Maldonado, Margarita y Mª Cristina Serje de la Ossa,
Bernardo Valderrama Andrade, Jairo y Mauricio Valderrama Barco.
Así mismo a : Gerardo Reichel-Dolmatoff
Ana María Groot (Universidad Nacional de Colombia)

"Museo Nacional de Colombia" y "Museo del Oro - Banco de la República"
Permitiendo acceder a la información y documentación en la que se han fundamentado éstas páginas.